Conversación en el consultorio

conversacion

La última tarde de trabajo que tuve en setiembre fue a su vez la víspera de mis tan anheladas vacaciones. Según el rol me tocaba hacer la parte educativa, es decir enseñar a pacientes y familiares sobre la diálisis peritoneal, los cuidados, la alimentación, y por ahí responder las dudas que por cierto son muchas respecto a su nuevo status de vida. Debo aclarar que a pesar del cansancio sentía una importante alegría y emoción porque por fin iba a tener días libres para aclarar mi mente, leer un poco más, y por qué no, también escribir.

La tarde ya estaba planificada, tenía cuatro pacientes en diferentes horarios para capacitar. En los dos primeros horarios tocó el mismo tema: balance hídrico. Les expliqué con detenimiento de qué se trataba, hicimos ejemplos y les dejé tarea para que resuelvan en casa. Uno de estos horarios, el de las 4:30 pm llegó una señora adulta, recién entrada en canas, pero que proyectaba cierta vitalidad y si no era vitalidad, tal vez eran ganas de hacer las cosas bien. Le hice pasar al consultorio y comenzamos la clase con bastante rapidez. La señora entendía a la perfección los complicados cálculos del balance en diálisis peritoneal, obviamente la felicité y en cosas que van y vienen nos pusimos a conversar.

Me contó que su oficio es ser laboratorista, donde trabaja se encarga de procesar las muestras de esputo de pacientes con TBC. Así que un día, en el año 2012, sin saber cómo una bacteria ingresó a su organismo y se puso muy mal. La trasladaron al seguro y le diagnosticaron meningitis. Cayó en coma durante tres días en los que tuvo que estar conectada a un ventilador mecánico y en los cuales ademas tuvo repetidos episodios de convulsiones. No sentía ni veía ni oía nada, estaba en blanco señorita, me decía. Hasta que al tercer día abrió los ojos. Le hicieron varios estudios, estuvo en observación por 20 días y no encontraron ni una sola secuela. Y heme aquí, me dijo, preparándome para cuidar de mi esposo, porque si logré salir de una meningitis totalmente repuesta es porque aun tengo misiones por cumplir. En ese momento me di cuenta de que no solo las personas con insuficiencia renal son nuestros pacientes, sino también sus familiares. No por el hecho de que hayan padecido o padezcan alguna enfermedad, sino que forman parte importante de los eslabones que componen la salud integral.

No podemos negar lo innegable. La familia enferma cuando uno de sus miembros enferma. A veces cometemos el error de solo escuchar al paciente, cuando la familia tiene tanto que contar y tanto por desahogar. Si queremos que la labor de enfermería se sienta debemos levantarnos de nuestra silla por dos minutos y establecer un lazo poco a poco con los familiares. Hay gente que dice que la enfermedad une familias, pero también es cierto que las desune y es lamentable. Allí debemos actuar, con un grano de arena, involucrarnos hasta donde se pueda y se permita, siempre con amor y sobre todo con verdad.

 

Anuncios

Get back

rooftop-Beatles

Tuve solamente que sentir el olor de su colonia para darme cuenta de que estaba detrás, escuché su voz, saludaba a alguien; ya fui, pensé. El calor de las dos de la tarde con diez minutos se hacía sentir en el ambiente. El gorrito protector dice la literatura, no es para proteger el pelo sino para proteger a los pacientes de nuestras bacterias. ¿Quién me protege de ti? Me hice la loca, seguí escribiendo indicaciones médicas en un kardex, y puedo dar fe de que mi mente no maquinaba nada, solo deseaba salir de allí airosa y petulante, como me dijo una técnica Señorita Silvana usted es bien creída, cosa que en realidad no soy, pero no me iba a poner a discutir en ese momento, así que recordé mi apariencia indiferente y le saqué provecho, por llamarle así. Hace tiempo que no lo veía y tenía miedo de verlo, así que decidí meterme al baño y fumar un cigarro, nadie lo adivinaría, tiene extractor de aire. Me comí un toffe sabor a café y decidí salir. Ya se había ido. Su colonia dejaba una estela radiante a través del pasadizo que anunciaba su partida. Me pregunto cuál será su nombre.

So long Peritoneal Dialisis.

nuevo camino

 

Hace aproximadamente 3 años 1 mes comencé a trabajar en diálisis peritoneal. Aun lo recuerdo. Tenía miedo, no solo de no dar la talla para trabajar con enfermeras experimentadas en dicho campo, sino también por aquel temor innato en mi de relacionarme con personas nuevas, de confiar en gente prácticamente desconocida.

Hace poco me dieron la noticia de que seré transferida a la unidad de Hemodiálisis, noticia que fue un vuelco total de sentimientos encontrados. Por una parte la adrenalina de emprender un nuevo reto, pero por otro lado dejar mi círculo de confort, el miedo a equivocarme, el miedo a conocer gente nueva, el miedo a respirar incluso un nuevo ambiente de trabajo.

 

Sé que la especialidad de nefrología no solo abarca diálisis peritoneal, aquel que era mi mundo, mis cuatro paredes, mi pensamiento diario, mi dolor de cabeza, mis estados depresivos de boca cosida, mis cafés a las 10 de la mañana cuando aun hacía frío. Entiendo ahora que para ser una verdadera enfermera de diálisis debo abarcar ambas áreas, conocer, manejar y dominar.

No obstante debo agradecer a Dios por haberme permitido trabajar en el lugar que tanto anhelaba, y además por haber sido compañera de trabajo de excelentes profesionales y amigas.

Mañana lunes es mi último turno en diálisis peritoneal. No sé qué decir.

Solo siento miedo y ganas de que llegue el fin del mundo.

Desde mi escritorio nocturno, les escribió Silvana, enfermera de diálisis.

La suplencia

beso robado
El beso robado, Jean-Honoré Fragonard, 1790

Desperté como siempre tarde, aunque no tanto, eran las seis de la mañana pero mi cuerpo pedía cinco minutitos y ya lo conozco cuando pide así tan suavecito es porque quiere media hora más como mínimo, así que dije no, te levantas ya y al rato ya estaba saliendo de la ducha caliente, como me gusta, humeante, como el café.

Me tocaba trabajar en el servicio de ginecología, pero al ratito que llegué llamaron por teléfono que la suplencia, o sea yo, baje al tercer piso, a traumatología porque no hay enfermera. Así que tuve que bajar con todo el peso del mundo encima pensando y ahora qué hago en trauma, qué tipo de pacientes será, con quién me tocará trabajar, te jodiste mamita ni modo, saca pecho y camina triunfante hasta tu nuevo y temporal servicio.

Llegué. Me recibió una enfermera relativamente joven y sonriente, le alegré la mañana me dijo, pensé que trabajaría sola. Me puse a revisar a los pacientes, controlar sus signos vitales, la mayoría eran ancianitas con fractura de cadera, y para mi sorpresa varias de ellas tenían tratamiento psiquiátrico. Sí, razoné, tiene algo de lógica.

De pronto, saliendo de una habitación, lo vi. Estaba vestido con pantalón y chaqueta azul marino. Revisaba una historia al otro lado de mi área, en el servicio de cirugía general. Él justo volteó y también me vio, pero yo me hice la loca y seguí caminando, entré a otra habitación, me topé con una señora que me dijo, señorita le puedo tomar una foto? Es para enseñarle a mi nieta que encontré una enfermera que parece la barbie… ok, tome la foto señito pero de barbie no tengo mas que las orejas, diminutas y tímidas. Salí de la habitación y entré a otra. Mientras le ponía el tensiómetro a un señor, una voz susurró a mi lado, buenos días licenciada. Era él. Sentí que se me caía el calzón pero yo bien seria, buenos días interno, y cortante continué con mi trabajo (me merecía un Oscar). Me preguntó cómo estaba, le dije que bien, pero bien ocupada y me despedí. Al rato regresó y me encontró conversando con mi colega del servicio, un ratito por favor, dijo desde la puerta haciendo una señal con los dedos pulgar e índice dibujando entre ellos un espacio muy corto. ¿Qué dijo? ¿Que lo tiene chiquito? Dijo mi colega, y nos matamos de risa. Salí. Me esperaba en la recepción, me paré a su lado y le pregunté qué pasaba. Tenía un papel en su mano. Me lo dio y lo guardé en mi mandil. Tengo que irme, le dije y me acerqué para despedirme. Me besó. Quedé paralizada por exactamente dos segundos. Regresé a trabajar tranquila, tuve un buen turno. Esa tarde metí toda mi ropa a la lavadora, nunca llegué a leer el papel. Nunca más lo volví a ver.

¿Por qué escribo?

yo

Hoy me hice esta pregunta, que en realidad me la hizo mi subconsciente, uno mas de sus juegos sucios. La pregunta brotó de la nada y me provocó, no lo voy a negar, una moderada incomodidad y un fuerte malestar estomacal, hasta tuve que tomar bicarbonato y aún no me pasa.

Soy enfermera, especialista en nefrología, específicamente en diálisis peritoneal, debería levantarme temprano, ir al trabajo, regresar y echarme a dormir sin pensar siquiera en la inmortalidad del zancudo, pero heme aquí escribiendo. Y bueno, traté de buscar las razones por las que escribo, las busqué en el armario, en el abecedario, debajo del carro, en el negro, en el blanco… perdón, me he perdido. A continuación algunas hipótesis por las cuales pienso que escribo.

  1. El blog enfermera de diálisis fue diseñado para escribir solo por un año historias y anécdotas sobre mi trabajo en una unidad de diálisis peritoneal. La idea era hacer un acercamiento a la vida de una enfermera, darles a conocer, queridos amiguitos, las cosas que pasamos cada día, algunas buenas otras malas, otras sin sentido, y así reconozcan que muy aparte de la labor profesional existe también nuestra parte imperfectamente humana. Así es señores, no somos robots, también tenemos sentimientos.
  2. Tras un año de haber publicado en este blog, me resistí a creer en un comienzo que en realidad las anécdotas eran infinitas y que cada día pasaba algo nuevo, distinto en la unidad de diálisis, así que decidí darle otra oportunidad a este humilde blog y proseguir contándoles de vez en cuando las aventuras de una enfermera de diálisis. Tal vez no posteo tan frecuentemente como quisiera, pero ahí vamos.
  3. Escribir es lo más bonito que me ha podido pasar en la vida. Lo sé, lo sé, no soy una Virginia Wolf ni una Simone de Beauvior, ni mucho menos una Alejandra Pizarnik. Soy una simple y triste persona que ama escribir, contar historias, imaginar, crear, aunque por otro lado también me encanta escuchar, hacer de una simple conversación toda una orgía, y de eso pueden dar fe los pocos amigos que me quedan.
  4. Alguien tiene que contar lo que hacemos las enfermeras. Muchas personas, y en verdad son muuuuchas las personas que creen que tenemos el sueldo regalado, y no se dan cuenta que en nuestras manos llevamos un tesoro muy frágil y hermoso a la vez: el cuidado humano. Normalmente los que sobresalen son los médicos, todas las series de televisión que hablan de medicina, narran historias de médicos y las enfermeras quedamos como las extras, cuando nosotras somos una parte vital de la mejoría del estado del paciente.
  5. Y por último, escribo porque sé que algún día, en algún lugar tal vez oscuro, alguien leerá lo  que escribo y talvez decida: Yo también quiero escribir.

Saposoa, algún día

entrada-saposoa.jpg

Nunca fui a Saposoa, aunque debo decir que aún no conozco Saposoa. Me lo imagino, eso sí. Imagino calles estrechas de recorridos empedrados, calles de subida y de bajada, mucho calor, gente alegre conversando, bebiendo una cerveza tal vez, comiendo tacacho con cecina, obviamente cecina de Saposoa, como tú solías decir, querido C. Me decías Silvanita tú tienes que venir a mi tierra y yo te recibo, antes de que te cases me visitas y yo te hago comer el verdadero tacacho, no estos que preparan por aquí en Chiclayo, eso no es mas que copia. Así me decías, y yo me ponía a pensar, cecina de Saposoa, debe ser algo espectacular, una explosión de sabores. Y nos quedábamos en el algún día.

Y también me hablabas del Chullachaqui, de aquel diablillo de la selva, cuya historia contabas como si en verdad lo hubieras conocido. Decías que el chullachaqui era pequeño pero tenía pies enormes y dejaba huellas grandes, por lo tanto, y además que estabas completamente seguro de su existencia en la frondosidad de los bosques amazónicos.

Nos reíamos tanto cuando le decías a la señora M, que en paz descanse, le decías Señora ya pues, deje de llorar, muévase para que drene, péinese, báñese, míreme a mí que con una sola pierna yo estoy contento y hago todo lo que puedo. Y la señora M. no decía nada, se quedaba calladita, aunque tal vez lo habría arrequintado en el fondo, muy en el fondo.

Saposoa, tu tierra. Tarapoto. Tantos lugares por conocer. Mucha, demasiada nostalgia. Pero de mi corazón no te mueves, Querido C.

Trabajo vs depresión

sonrisa amarilla

Quien admita que nunca ha ido a trabajar estando deprimido que lance la primera piedra. La depresión en sus diferentes formas es un problema que trasciende además hasta en las personas más contentas y animosas. No es un pecado estar deprimido. Recuerdo hace ya varios años, cuando tenía este problema aún más agudo, una ex compañera de trabajo me dijo que la depresión era para cobardes. Nada más lejano de la realidad, la depresión es un trastorno que muchísima gente padece y que tratan de sobrellevar a solas, luchando ellos mismos con sus propios demonios, por lo tanto concluyo que, por el contrario, la depresión es para la gente fuerte y luchadora, porque no es nada fácil enfrentarla.

Por otro lado, ser enfermera no quiere decir que vamos a tener el mejor ánimo del mundo siempre al interactuar en todas las esferas de nuestra labor. Habrá días en los que no queramos ni siquiera recibir un halago, lo cual es completamente normal: somos seres humanos. El trabajo de enfermería muy aparte de ser una labor muy común en nuestra sociedad también implica sacrificio, máscaras, sonrisas de papel.

Últimanente he estado un poco bajoneada en el trabajo, indecisa, frágil, y de cierto modo se lo adjudico a los diferentes problemas que han surgido en estas últimas semanas. No obstante, he tratado de superarlo y, por qué no, hacer de mis bajones un punto de apoyo para poder comprender la psiquis del paciente: Su debilidad, sus ganas a veces de desaparecer, su desidia, sus ganas de querer contarte todos sus problemas esperando tal vez una solución. Pero nosotras no somos ángeles ni mucho menos santas, para nada, lo que sí podemos hacer es dar una sonrisa. Una sonrisa es algo maravilloso, es contagiosa y pegajosa, nos alivia al menos segundos o minutos y deja huellas eternas en los rostros de quienes las reciben.

Pero bueno, también hay que ser conscientes. No nos estamos enfrentando a una enfermedad pasajera, sino a un padecimiento crónico y terminal. ¿Qué harías tú si te dijeran que desde mañana te tendrás que dializar cuatro veces al día, para siempre? Difícil, verdad?

Concluyo entonces en ponerle ganas, distraer la mente, leer, hacer deporte, escribir. Sí, escribir. Y sonreír, cada mañana, al despertar, sonreír.